#TaniaPariona “A mí, de frente, me han gritado: ¡CHOLA! ¡Serrana!”


→ Su madre fue una curandera que no terminó la primaria, pero ayudó a formar su sensibilidad social, porque organizaba a las mujeres del mercado en el que trabajaba -y donde la pequeña Tania ayudaba-, movilizando a las madres para hacer acciones colectivas.

Congresista por Nuevo Perú. Estudió Trabajo Social y, luego, Desarrollo Humano. A los 10 años entró a la Red Ñuqanchik para adolescentes quechuas, vinculada con la asociación Chirapaq. Fue parte del Movimiento de Niños y Adolescentes Trabajadores Organizados del Perú.

Sonríe poco y habla con suavidad, pero con firmeza. Tania Pariona Tarqui nació en Cayara, el lugar donde, en 1988, ocurrió una de las peores masacres perpetradas por las Fuerzas Armadas. Hoy, convertida en congresista (fue elegida por el Frente Amplio, pero ahora pertenece a la bancada de Nuevo Perú), reafirma su identidad indígena usando un sombrero a la usanza andina: con un adorno de flores sobre la frente, lo que indica que es soltera. ¿Quién mejor que ella para hablar de lo que significa ser mujer, joven e indígena en nuestro país?

El Día de la Mujer nos llega con feminicidios y hasta casos de acoso por parte de congresistas…

Asistimos a un contexto de violencia generalizada que ha cubierto espectros antes no visibilizados. Y el Congreso no es un caso aislado: tenemos tres congresistas, con Lescano cuatro, y seguro habrá más. Pero esto denota que en nuestro país la violencia ha permeado todos los espacios, no solo públicos, sino privados, institucionales y las estructuras de poder.

Pero cuando son congresistas es escalofriante: son ellos quienes tienen que hacer las leyes contra el acoso sexual…

Efectivamente, ¿qué esperamos que legislen cuando ellos son los primeros infractores de la ley que existe o la que esperaríamos que hagan? Muchos condenamos, a quien ha cometido este delito, pero cuando esto ocurre en el mismo espacio de donde emanan las leyes, resulta que tenemos blindaje, argumentaciones culpando a la víctima, negando el hecho…

Como presidente de la Comisión de la Mujer has recibido los testimonios de la congresista Paloma Noceda, los de la azafata acosada por Moisés Mamani y has visto el caso de Yonhy Lescano…

En parte, sí. Por lo menos en el caso de la periodista, estuvimos en el espacio de la escucha de su testimonio. Con Paloma Noceda, nuestra actuación fue inmediata, desde que tuvo la valentía de comentarlo en el Pleno. Le dijimos: “estamos contigo, vamos a respaldarte y a hacer que esto tenga una sanción”.

¿En algún caso, tras hablar con la víctima, has tenido dudas?

Es difícil dudar, porque, como mujeres, vivimos permanentemente situaciones donde sentimos que hay barreras que se anteponen en el ejercicio de nuestras funciones. A mí me pasa cuando voy a fiscalizar. Como soy joven, pequeña, de extracción andina, la gente dice “¿qué hace aquí? No sabe”.

¿Y víctima de acoso sexual también has sido?

No de acoso sexual, pero sí de discriminación de género, por procedencia étnica, cultural, hasta por ser ayacuchana. La triple discriminación: por ser mujer, joven, indígena y no del estrato social que comúnmente la gente cree que son los congresistas y los políticos.

Y en el acoso político, ¿cuál ha sido el más cruel?

La verdad, en redes. Ser una figura pública en un espacio político, ser mujer indígena, con mi afirmación quechua con el uso del sombrero, me ha expuesto a un público que cree que usar el sombrero es mala educación, que es una vergüenza, que soy una chola, serrana, que debo volver a mi chacra. O, lo peor, que digan que soy una terrorista. Cuando entré el primer año y tomé la agenda de los derechos humanos, porque se trataba de defender a mis hermanos que sufrieron la masacre de Cayara, escuchar que en una sala te digan “eres una terrorista”, fue el golpe más duro de toda mi vida.

Lloraste cuando la gente te abucheó por hablar del terrorismo de Estado hace un par de años.

Me quebré en llanto, más que por mí, por las víctimas, porque llevan 20, 25, 30 años exigiendo justicia. Comprendo que hay víctimas de todos los lados, y en un espacio donde se rememoraba a quienes habían dado su vida, en este caso miembros de las Fuerzas Armadas, yo decía: “si no somos conscientes de que las Fuerzas Armadas también cometieron violaciones a los derechos humanos siento que se está negando la justicia a mi pueblo, porque mi pueblo es Cayara, y Cayara sufrió la masacre por parte de las Fuerzas Armadas.

¿Pero cómo te marcó nacer y crecer justamente en Cayara?

En mi pueblo todos somos familia. Por algún lado, de parte de mamá, de papá, de abuelo, hay gente desaparecida. Por ejemplo, mi tío Félix Palomino murió en su camión que explotó justamente cuando llevaba a los testigos.

Hubiera sido fácil agarrar el camino del resentimiento social. ¿Cómo te libraste de eso?

Ver que el pueblo seguía careciendo de servicios básicos como agua, salud, educación; un pueblo que no tenía las mismas oportunidades que las ciudades… Mi formación desde pequeña por tener un país justo, solidario, digno, se conectó con mi historia personal.

¿Hubo momentos en que sentiste rabia y resentimiento?

Sí, también. Un día no me sentí peruana. Porque, claro, vienes de un contexto rural y dices: “la verdad es que el Estado aquí no está”.

¿Y no sentías que la gente, desde Lima…?

Sí, la indiferencia social de la gente. En Lima hay desconocimiento de lo que ha ocurrido en Ayacucho, Apurímac, Cusco, Puno, en las comunidades afectadas por la violencia. Lo otro es el racismo, la discriminación. Aquí el racismo es durísimo. ¡Me ha tocado vivir cada cosa! A mí de frente me han gritado en la calle: “¡Chola! ¡Serrana!” Yo caminaba con una amiga de origen japonés y unos ciudadanos gritaron “¡Una china y una chola caminando por…!”

¿Pero usar tus atuendos no es también una forma de desafío?

Por supuesto. Para mí el traje, el sombrero que mi madre nunca dejó, pese al desplazamiento hacia Huamanga, tiene sentido político, porque nuestros pueblos y culturas han sido excluidas, negadas, aisladas de todo proceso de construcción del país. Y a veces he sentido ya no rabia sino tristeza de saber que, en un país tan diverso culturalmente, no nos miramos como iguales entre peruanos.

¿Y en el Congreso cómo es?

No lo he escuchado de esa persona, pero sí me comentó un ciudadano que una parlamentaria se había referido a mí como que me quiero hacer la chola, que es un disfraz. “Tiene una cabeza de maceta, porque se pone flores” y cosas así. Y yo dije: “¿En serio? ¿La parlamentaria ha dicho eso?”

¿De qué tienda política?

Fuerza Popular. Y qué pena, porque es ayacuchana. Y dije: “Uy, este Parlamento no ha cambiado”. Desde que entraron Paulina Arpasi, Hilaria Supa, María Sumire, todas han sufrido racismo.

A diferencia de las parlamentarias andinas de antes, tú tienes preparación académica…

Es verdad. He podido ir a la escuela, a la universidad y tengo un entorno académico. Yo uso mi traje desde 2004, cuando tomo conciencia de mi identidad y digo: “caramba, vengo de familia quechua, mi cultura está viva conmigo, tenemos que decir que existimos”.

¿Antes sentías vergüenza?

Todos los peruanos, especialmente los jóvenes de nuestra generación, hemos pasado por un proceso de discriminación, por la negación de nuestros orígenes y la vergüenza ha estado presente. A mí me tocó reflexionar sobre esto a los 16 años, cuando fui consciente de que mi identidad era importante. Yo no hablaba quechua. Lo aprendí a partir de los 12 años.

Tomaste conciencia a los 16, pero desde niña ya participabas en organizaciones sociales…

Sí, desde los 10 años. Y el ingreso a los espacios organizativos fue el arte, porque entré a un pequeño grupo de arte. Hacía retablos, pintura con tintes naturales, un poco de tejido…

Y bailas. Eres parte de la comparsa Sentimiento Fajardino…

Sí. Las que venimos de provincia como Cayara, Fajardo, tenemos nuestra música originaria y desde muy joven me he involucrado con las actividades culturales de mi pueblo. Para mí es muy normal. A veces la gente dice: “La congresista se ha disfrazado, seguro porque quiere votos”. No me conocen.

Pasando a tu carrera política, estuviste en el Frente Amplio y te fuiste con Verónika Mendoza a Nuevo Perú. ¿Por qué?

Yo no tenía un referente político partidario, era muy distante de la política. Me invitaron para postular a otros partidos y mi respuesta fue: no, ahí nomás, gracias.

¿Y qué te acercó a Verónika?

La conocía, aunque no personalmente, desde el 2014, en su trabajo por los derechos de los pueblos indígenas. Y estuvo en Ayacucho, invitada por un grupo de compañeras, y ya viéndola me pareció una persona diferente en la política, súper sensible, sencilla, con gran capacidad de escucha. Pero también me pareció firme y clara su postura respecto de los pueblos indígenas, los derechos laborales de los jóvenes y de las mujeres. Yo he interactuado con el movimiento feminista y creo en las libertades plenas de las mujeres y, al escuchar a Verónika, me pareció una persona que rompía tradiciones y pensamientos que no debieran perpetuarse en términos de valoración de la mujer…

Pero Verónika, en el famoso cónclave de Huancayo, de algún modo se alió con Vladimir Cerrón (gobernador regional de Junín), opuesto al enfoque de género…

La verdad es que no hay ningún pacto ni alianza. Lo que se ha generado desde Nuevo Perú es una apertura al diálogo por una nueva Constitución. No podemos construir una nueva Constitución entre nosotros. Hay que abrir el diálogo y ver qué dice tal izquierda, qué dice la otra izquierda, qué dicen los movimientos sociales…

Llama la atención que, siendo Cerrón de izquierda, sea tan cerrado al enfoque de género…

Creo que el señor Cerrón está totalmente equivocado en su postura de contradecir el enfoque de género, al tener un argumento machista respecto de algunas situaciones y casos, y nosotros hemos deslindado inmediatamente. Pero, claro, cuesta sacar eso hacia afuera: que no existe ningún pacto ni alianza, mucho menos de cara a…

¿No irían electoralmente?

No. Por lo menos esa es la posición desde la base. Hay principios en los cuales Nuevo Perú se ha mantenido, y creemos que debemos mantener coherencia, y uno de ellos tiene que ver con igualdad de género, la paridad, la alternancia y los derechos de las mujeres.

Eres de las más jóvenes del Congreso. ¿Hasta dónde quieres llegar en política?

Creo que hay mucho trabajo que hacer en las bases. Sin una base social sólida que respalde, que alimente con propuestas y acciones, cuando un movimiento político se maneja arriba, en las altas esferas, no hay un cambio real.

¿Te tentaría la presidencia?

En este momento no lo tengo claro, pero sí creo que puedo contribuir haciendo un trabajo desde lo local, comunitario, regional, con mirada nacional e internacional. Y no descarto, en adelante, tener un movimiento político indígena que converja con la izquierda.

→ Maritza Espinoza  / larepublica.pe /  Foto: Melissa Merino.